lunes, 5 de diciembre de 2016

Pillsbury y su primer maestro

—Yo tenía un almacén en Boston —nos dice el señor Wittenberg— y al fondo había dispuesto una mesa con un juego de ajedrez. Allí se reunían mis amigos y cuando ya no teníamos de qué hablar nos poníamos a jugar una partida. Harry Pillsbury tenía por entonces unos 14 años. Era empleado mío y su salario rondaba los $2,50 por semana. Mientras jugábamos el muchacho se mostraba interesado; se quedaba horas y horas mirando. A veces cuando no había nadie por allí le daba lecciones. En poco tiempo desarrolló una maravillosa aptitud para el juego. Luego empecé a jugar con él en serio, pero tenía que darle ventaja. Sin embargo, en un año, él me daba ventaja a mí. Tenía una gran predisposición al estudio y pronto había leído y asimilado toda la literatura ajedrecística de mi biblioteca. A menudo, incluso en horas de trabajo, lo encontraba en el fondo con un libro en la mano, reproduciendo una partida o resolviendo algún problema. Pero no lo retaba; no me molestaba, demostrando tal inteligencia.

—La primera señal de su maravillosa memoria apareció cuando discutíamos sobre una partida. Yo afirmaba una cosa y él sostenía otra. Entonces agarró las piezas y, aunque la partida se había jugado el día anterior, las puso como estaban en el tablero durante el juego.

Vía Olimpiu G. Urcan (The Tennessean, 26 de febrero de 1901, página 6)